El señor V

Cabrones hay muchos y en muchos sitios. Los encuentras en el supermercado jodiéndote los tobillos con el carrito, en el banco atendiéndote como a un perro si no tienes muchos ceros en tu cuenta, en la carretera al volante de una horterada rodante pegándose a tu culo con cara de pavo real, en las playas tirando su mierda en la arena, en vez de tragársela y atragantarse con ella, limpiándose su orgullo con la dignidad de los camareros cuando comen en los restaurantes del centro, y un largo etcétera.

Cabrones con poder hay menos, pero son los más peligrosos. Se esconden sobre todo en la política y en las grandes empresas. Mi roce con el hilarante mundo de las urnas ha sido mínimo, por no decir nulo, sin embargo me ha tocado trabajar mucho con empresarios con poder y dinero. En la empresa en la que trabajo ahora hay unos cuantos cabrones con poder. Voy a hablar sólo de uno de ellos, de momento, al que llamaré, por respeto a su familia, señor V.

El señor V es un lacayo, un perro de presa fiel a su amo, un lameculos sin escrúpulos. Su principal función en el engranaje es la de acosar sistemáticamente al empleado con el fin de que sea más productivo en su trabajo. Sistema equivocado que heredó de otros tiempos, cuando tener una nómina era casi como convertirse en esclavo con un látigo pegado en la espalda. No atiende a razones, sólo cumple órdenes. Las pocas ideas que se le ocurren son tanto o más perversas como las que le transmite el dueño de la empresa, así que en el fondo me alegro de que no piense demasiado.

El señor V no te habla, te escupe. Le gusta hacerlo, y se crece con sólo imaginárselo, se recrea en su propio super ego. Te humilla si puede. Cuanto más hundido te vea en el pozo, más cerca estará él de las nubes, tirando del cubo. Sin corazón, sin honor, sin humanidad. Sinvergüenza. Te comunica los despidos, los avisos de faltas y demás noticias por burofax. No tiene cojones para hacerlo a la cara, porque sabe que después de despedirte tendrá que vérselas contigo fuera del abrazo protector de su amo, fuera de la empresa, en el mundo real, donde su poder no le sirve para nada.

Para el señor V tu trabajo no vale nada. Hagas lo que hagas está cogido con pinzas y él lo habría hecho mucho mejor. Cualquiera puede hacer tu trabajo y seguro que con más eficiencia, eres completamente prescindible y se encarga de recordártelo día a día. Eres un cero a la izquierda. Tus ideas son suyas y como suyas se las transmite a su amo, así que más te vale no contárselas si no quieres que se ponga tus medallas.

No entiende de días de asuntos propios, ni de enfermedades, ni de llevar a tu hijo al médico. No son excusas. Para él el trabajo es lo primero. ¿Vivir? para qué! si puedo trabajar...

Así de cabrón es el señor V, a grandes rasgos. Sólo una vez al día se baja de su pedestal de soberbia para dar el parte diario de incidencias y cotilleos a su amo. Hay que verlo, es patético. De pronto su espalda se encorva, la barbilla se le acerca al pecho, las manos le sudan y las piernas le tiemblan. Si el amo se mueve él va detrás como un conejito. Y yo, que tengo la suerte de verlo a diario, no puedo sino reírme y sentir lástima de su triste vida, de su existencia gris. Debe de tener muchísimos fantasmas rondando su cama a la hora de irse a dormir. No cambiaría mis 1.200 momentos felices por sus 4.000 problemas de conciencia.

Algún día hablaré del amo del señor V, el auténtico cabronazo. Algún día...

Esta historia la saqué de aquí:

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